Una mueca cansada, pero sin trampa, que ayer se convirtió en eterna

Posted on 8 junio, 2012

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[Roberto G. Prada]

Tengo mucho trabajo que hacer. Del de cobrar, sí. Y también del otro. Tengo informes por redactar, lavadoras por poner, fruta por comprar, kilómetros por correr. Tengo un jardín por regar, y no tengo tiempo para todo. En realidad no tengo tiempo para nada. Pero me da igual. No me importa. Tengo también 400 palabras de límite, y sospecho que no van a ser suficientes. Ni 400 veces 400 lo serían. ¿Quién podría imaginar un número tan grande de palabras? ¿Cuántas harían falta para llenar el vacío que esta mañana me ha despertado a bofetadas?

Habrá quien piense que aquí se habla de fútbol. Habrá quien dé un pasito más y se llene la boca hablando sobre emociones que van más allá de la afición. Habrá incluso algún lumbreras que, ajustándose las gafas, quiera ver aquí un homenaje a un hombre honesto y risueño que despertaba cariño allá por donde fuera, independientemente de colores y procedencias. Estúpidos. Estúpidos todos. Yo no estoy aquí para eso, no me falten al respeto. Yo estoy aquí para despedir a un amigo. El que lo quiera entender, que lo entienda. El que lo entienda sin necesidad de querer entenderlo, sé que estará escribiendo esto mismo. Y lo estará haciendo con esas otras palabras, las que escribe la sangre agolpándose en la boca del estómago. Las que se quedan a mitad cuando la garganta se cierra. Las palabras que se resisten a brotar, porque con ellas brotarán irremediablemente las lágrimas.

La vida, una vida llena de mierda, llevó a mi amigo al borde del precipicio. Y mi amigo, y el de muchos otros, torció la boca bajo el mostacho para ensayar una sonrisa. Una mueca cansada, pero sin trampa. Detrás de esa media sonrisa se escondía la otra media, y detrás de las dos unos ojillos brillantes donde seguía jugando la alegría. Alegría pura y dura. Alegría de cuando niños. Mi amigo, asomado al vacío, no dudó en mirar abajo. Lo hizo, tuvo el valor de hacerlo, y todos lo hicimos a través de él. Quizá quiso tirarse, no lo sé. Pero sí sé que no lo hizo. Y también sé por qué. Porque, al darse la vuelta y mirarnos, descubrió que tenía un don. Su alegría era contagiosa.

Y allí se quedó, escondiendo las llagas, protegiéndonos a todos de ese mismo vacío que le reclamaba, que se ensañaba con él. Pedazo a pedazo y mordisco a mordisco. Ni siquiera cuando el abismo se lo acabó llevando, dejándonos a nosotros en primera línea de playa, quiso mostrarnos aquella otra cara de la vida. Se fue de noche, sin molestar, para que no le pilláramos en un renuncio.

Sólo espero que el puto corazón se parara tan rápido como para que no le diera tiempo a darse cuenta de que ya nunca entrenaría a su Athletic, de que ya no podría marchar al fútbol inglés. Pero también espero que durara suficiente como para mirarnos a nosotros y saber que, efectivamente, al Molinón sí volvería. Cada tarde y cada noche. En cada media sonrisa. En cada sonrisa entera. En cada brillo de ojo.

Algo me mata por dentro. No son las lágrimas. No es la tristeza. Es la sensación de no haber devuelto un favor enorme, el más grande que me hayan podido hacer. No sé vosotros, pero yo me voy a dejar un bigotín. Me voy a dejar un bigotín como Preciado.

Como Preciado.

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Posted in: A TRALLÓN